Fundación Siwok, el trabajo silencioso que transforma la educación rural argentina

Desde hace más de 20 años, la organización creada por Alec Deane impulsa proyectos educativos, agrícolas y culturales junto a pueblos originarios de Salta. En una de las zonas más postergadas del país, la Fundación Siwok promueve el acceso al agua, la producción de alimentos y la autonomía comunitaria

Por Paula Galinsky

“Con una inversión muy chica se puede producir mucho”, resume Alec Deane, creador de Fundación Siwok, una organización que hace más de dos décadas impulsa la educación rural argentina, proyectos productivos y sociales en comunidades originarias de la provincia de Salta, en el norte de Argentina.

Alec tiene 69 años y una vida entera dedicada al trabajo con comunidades indígenas. Ingeniero agrónomo de formación, dejó el campo familiar en la provincia de Buenos Aires para instalarse en el Chaco salteño. “Me crié en el mundo agrario, pero sentí que tenía que poner mis conocimientos al servicio de quienes más lo necesitaban”, cuenta. 

Así comenzó una historia que ya lleva 46 años junto a las comunidades wichí, chorote y toba, y que tomó forma institucional en 2002 con la creación de la ONG Siwok.

Desde entonces, la fundación se convirtió en un sostén fundamental para familias que viven en zonas donde el acceso al agua, la educación y la alimentación siguen siendo un desafío diario. 

“Trabajamos principalmente en Salta, con comunidades que viven cerca de los ríos Pilcomayo y Bermejo. Son departamentos con las necesidades básicas insatisfechas más altas del país”, explica Alec.

Educación y desarrollo local

La fundación apunta a mejorar las condiciones de vida desde un enfoque integral, con programas que cruzan la educación rural argentina, acceso al agua y agricultura sostenible. “El problema más serio es la baja calidad educativa. Eso impacta directamente en la desnutrición y la mortalidad infantil. Muchos chicos pasan de grado sin ser evaluados”, advierte.

Ante esa realidad, Siwok impulsa huertas educativas en 45 escuelas rurales, donde los alumnos aprenden a producir alimentos, cuidar el suelo y aplicar técnicas sostenibles. La experiencia busca no solo mejorar la nutrición, sino también fortalecer el sentido de comunidad. “Enseñamos a producir alimento, a cuidar el agua y a entender que con trabajo en equipo se pueden cambiar las cosas”, señala Alec.

La organización también colabora con la instalación de pozos de agua y sistemas de riego por goteo. “Ya hicimos más de 100 pozos para que las familias puedan acceder al agua potable. Con una inversión de 60 dólares se puede montar un sistema de riego, sembrar buenas semillas y en 90 días ganar hasta 500 dólares”, detalla.

Producción y autonomía

En las comunidades donde trabaja la fundación, el impacto es visible. Las familias cultivan maíz, porotos (frijoles), zapallos, las llamamos las tres hermanas. Muchas logran tres cosechas por año”, dice Alec.

Además, Siwok promueve la producción artesanal: piezas de madera, instrumentos y pinturas que rescatan tradiciones culturales y funcionan como fuente de ingresos. “También enseñamos a fabricar violines y a comercializarlos. La idea es que las familias tengan distintas alternativas para generar recursos”, agrega.

A pesar de ser una organización pequeña, el alcance es significativo. “Estamos atendiendo a unos 5.000 niños de manera directa”, precisa Alec. La estructura se sostiene con un equipo reducido: tres coordinadores, diez capacitadores y el apoyo de voluntarios locales. 

“Contamos con la ayuda de la Sociedad Misionera de Sudamérica (SAMS) de Irlanda, y con algunos donantes de Argentina, pero necesitamos más apoyo para sostener los proyectos”, reconoce.

La historia de Antonio

A 45 kilómetros de Embarcación, sobre la ruta 53, vive Antonio Gómez, integrante de la comunidad wichí de Misión Chaqueña. Tiene 66 años y cinco hijos. “Empecé en 2011 con las artesanías. La fundación nos compraba lo que hacíamos en madera: adornos, cosas de decoración. Después me animé a mejorar en el trabajo de la tierra”, cuenta.

A partir del acompañamiento técnico de Siwok, Antonio aprendió nuevas técnicas de riego y siembra vinculadas a la agricultura sostenible. “Ahora tenemos tomates, maíz, sandía, lechuga, para comer y también para vender”, señala.

A su vez, recibió ayuda para la construcción de pozos. “Al principio teníamos que hacerlos nosotros, a mano. Después la fundación consiguió máquinas y ganamos profundidad”, relata Antonio. 

En su comunidad, en tanto, instalaron un invernadero, lo que permitió ampliar la producción y asegurar alimentos durante todo el año. “Con su ayuda pudimos tener agua y aprender a trabajar la tierra de otra manera”, dice Antonio, que resume con simpleza el impacto del proyecto: “Nos enseñaron a no depender, a producir por nosotros mismos”.

Desafíos y pedidos

Alec reconoce que los logros son grandes, pero que todavía hay mucho por hacer. “Necesitamos que el Estado apoye este tipo de trabajos, que tome las experiencias y las convierta en políticas públicas”, detalla.

En paralelo, insiste en que las pequeñas donaciones privadas pueden marcar una gran diferencia. Con aportes mínimos se mantiene el centro de capacitación, se compran semillas o se perforan pozos de agua. 

Su visión es clara: “Soñamos con que cada familia tenga su huerta, su fuente de agua y la posibilidad de enseñar a sus hijos que el trabajo vale la pena”.

Cómo colaborar

La Fundación Siwok trabaja desde hace más de veinte años en el norte argentino acompañando a pueblos originarios de Salta a través de programas de educación, agua, agricultura y cultura. Quienes deseen colaborar pueden hacerlo con donaciones o apadrinando proyectos específicos. Más información en siwok.org.

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