Casa Iaku, donde la soledad para volver a empezar no es un destino

Espacios como este en Buenos Aires, Argentina, brindan una nueva oportunidad para mujeres y personas LGBT+ que experimentan consumo problemático de sustancias ilegales 

Por Lupita Rolón

Una tarde soleada de 2021, Mary camina por su barrio, Parque Patricios, al sur de la capital porteña, uno de los más postergados por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Mary, cabello rojo, casi 70 años, atraviesa calles arboladas de casas bajas, salpicadas de locales de cercanía; acalla sus pensamientos mientras recorre veredas en las que siempre un perro duerme la siesta. 

Llega a una plaza y se cruza con un pequeño grupo de mujeres volanteando para presentarle a toda la zona Casa Iaku. Todavía con sabor a pandemia, este puñado de amigas y profesionales se lanzó a ofrecer a los vecinos del barrio la posibilidad de encontrarse en un espacio pensado para personas, especialmente mujeres en situación de vulnerabilidad, con consumo problemático de sustancias ilegales y la población LGBTQ+. 

“El objetivo era reconstruir lo roto, reencontrarse con una misma. Reconocer a la otra y armar una red de ayuda mutua y cooperativa entre ellas mismas para generar soluciones y para darse una mejor calidad de vida”, dice María Ferreira Mendoza sobre esos primeros días de “la casa” que fundó junto a Marcela Almirón, Alien Santucho, Ariana Moyano, Paola Apellaniz, Carla Capuano Sansoni, y Daniela Rodríguez.

Juntas conformaron ese dispositivo interdisciplinario que incluye pedagogas sociales, psicólogas, profesora de filosofía, sociólogas, trabajadoras sociales con perspectiva de género. Resulta que todas trabajaban en proyectos gubernamentales que fueron desmantelados por el actual gobierno nacional y notaron en ese periplo que las mujeres y otras identidades no se sentían cómodas compartiendo sus experiencias con varones.

Había algo diferente para ellas: abandono, violencia de género o maternidades, más allá (¿o además?) del consumo problemático. Esa demanda también abrió Casa Iaku hace cuatro años. Más de 150 personas han pasado por allí, alrededor de 40 por mes; decenas de ellas volante en mano como Mary. Muchas otras desde barrios más acomodados.

En la última década, la Argentina registró un incremento sostenido en el consumo de drogas ilícitas. Según la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar), con quien articula Casa Iaku, la prevalencia anual de consumo de sustancias ilegales casi se duplicó entre los varones (de 5,6 % en 2010 a 11,5 % en 2017) y se triplicó entre las mujeres (de 1,8 % a 5,4 %) en el mismo período. 

En paralelo, la ONU reportó que la Argentina es el país sudamericano donde más creció el uso de cocaína en los últimos diez años, lo que encendió alertas sobre la expansión del mercado y la disminución de las percepciones de riesgo. En cada territorio el consumo problemático cobra sus propias formas. Y cada persona trae su historia.

Por aquí ahora es primavera. Vivi tendrá más de 30 años pero, sentada a la mesa junto a su grupo, sus ojos brillan como si fuera una niña o un ángel. “Me atravesaban, en el momento en que llegué acá, situaciones muy dolorosas. El acompañamiento que tuve de todas y todos me hizo entender que algunas tristezas no solo me pasaron solo a mí. Antes, yo luchaba con lo que me pasó para no sentir esa soledad tan tremenda como mortal.” Vivi es mamá de ocho hijos, cuatro aún son menores de edad. Ella es quien cuida y mantiene a su familia. 

A Casa Iaku asisten quienes se encuentran alojadas en hogares, como también quienes cuentan con una casa o logran solventar un alquiler. También están quienes aún permanecen en situación de calle y en riesgo de estarlo por falta de recursos y escasa política pública al respecto. 

Marocho llegó hace cuatro años y se quedó. El grupo celebra como un gol cuando él lo cuenta. Un varón trans que, a punto de cumplir 33 años, dice que, encima encontró aquí al amor de su vida. “¡Me enamoré de Linuel, tal vez nos casemos! ¡Soy papá porque adopté a su hijo! Ahora tengo una familia.” Dice que venía de estar en la ruina. Su compañera de entonces lo había dejado solo en un viaje por Brasil: lo violaron cuando logró volver; su papá había muerto hacía relativamente poco y su mamá lo echó de su casa: “Probablemente no me quería.” De a poquito fue resurgiendo: 

“Empecé a hablar, a participar de talleres. No quería que me abracen, ni un gesto de buena onda permitía. Pero de a poco me fui soltando. Acá me siento a salvo.” Marocho escribe poesía y algunas letras de canciones. Es su manera de canalizar lo que siente. Acá nadie les trata como si fueran seres inferiores. 

Yana, 38 años, está sentada del lado de la mesa desde donde puede verlos a ambos: Marocho y Linuel repasando su historia con amor y con gracia. “¡Se complementan hermosamente! Marocho es todo expeditivo, ultra hiperactivo, todo ya, todo práctico. Line es más reflexivo, más introvertido”, dice y sonríe.

Una larga trenza cae sobre su hombro derecho. Sobre su hombro izquierdo se apoya la cabeza de Habibi, su bebé de tan solo tres semanas que duerme en paz. “Llegué a Casa Iaku por una problemática con mi otro nene de casi ocho años. Este es un lugar feliz.”

Feliz, desde sus inicios, dicen, fue tomando forma esta comunidad: las mujeres llegaban con sus nietos, hijos e hijas y las ‘travas’, con sus amigas. Todas bienvenidas pues la soledad no deseada abona a la individualización de la vida, a la destrucción del lazo social y al corrimiento de lo comunitario. 

El día que Mery atravesó las puertas de Casa Iaku su familia también se agrandó. De inmediato se hizo compinche de Svetlana, una travesti que terminó de hacer su transición en la casa a quien acompañó incondicionalmente.

Mary, la primera mujer en llegar, fue hasta allí porque se sentía sola. No tenía consumo alguno de sustancias. Su hija había fallecido en un accidente y estaba muy triste por el barrio. Nunca jamás se alejó. “Mary dice que somos todas sus hijas”, recuerda Vivi. “Uno siempre vuelve a donde fue feliz”, se suma Marocho: “Es verdad -refuerza-, acá podemos ser.”

¿Cómo ayudar?

Casa Iaku percibe un subsidio mínimo con el que solventa pocos gastos a partir de una alianza con Sedronar. Sostienen sus reuniones semanales en un espacio prestado que agradecen. Desean volver a tener un lugar propio que además cuente con cocina, duchas, habitaciones y un espacio para las niñeces tal como han logrado sostener años anteriores. Periódicamente realizan actividades y sorteos para recaudar fondos. Todas las profesionales son voluntarias.

  • Para conocer más, ingresá a Casa Iaku en Instagram. 
  • Si buscás un equipo de escucha podés contactarlo en +54 9 11 3406-6169.
Compartilhe esse artigo
Facebook
LinkedIn
X
WhatsApp
Telegram
Threads
Educação comunitária

O Parque é Nosso transforma un antiguo espacio policial en un lugar de educación y convivencia en la Penha

Creado en 2015, el colectivo actúa en el Complexo da Penha con educación, deporte, cultura y acciones de fortalecimiento comunitario para niños, jóvenes, mujeres y personas mayores.
En el Morro da Caixa d’Água, en el Complexo da Penha, Zona Norte de Río de Janeiro, un espacio que en el pasado fue asociado al miedo y a la violencia, hoy recibe a niños para refuerzo escolar, jóvenes para actividades deportivas y mujeres y personas mayores para prácticas de cuidado y convivencia.
Ahí es donde funciona la sede de O Parque é Nosso, colectivo creado en 2015 que, durante diez años, desarrolló sus actividades de forma itinerante por el territorio. Hace aproximadamente un año, el proyecto consiguió una sede y pasó a ocupar un inmueble que antes albergó un Destacamento de Policiamento Ostensivo (DPO), una pequeña unidad policial responsable del patrullaje de la región.
Según los directores del colectivo, Rene Júnio y Suellen Martins, el lugar carga recuerdos dolorosos para los residentes, quienes relatan episodios de violencia en el período en que el espacio funcionaba como unidad policial. La propuesta ahora es resignificar ese pasado y transformar el espacio en un punto de educación comunitaria, cultura, deporte, medio ambiente e integración entre los residentes locales.
Esta transformación ocurre en un territorio marcado también por la violencia armada. El 28 de octubre de 2025, los complejos de la Penha y del Alemão fueron escenario de la Operación Contenção, considerada la acción policial más letal de la historia del estado de Río de Janeiro.
Para quienes viven en el lugar, sin embargo, la historia no termina cuando una operación acaba. Permanecen los niños, las familias, las escuelas, los trabajadores y los proyectos sociales, que siguen abriendo sus puertas y construyendo posibilidades en medio de las dificultades.
En una conversación con los responsables, la Coluna da Neuza conoció más sobre el trabajo desarrollado, los resultados alcanzados a lo largo de los años y los desafíos para mantener y ampliar las actividades.
Coluna da Neuza: Suellen, ¿quién es atendido actualmente por O Parque é Nosso y qué actividades se ofrecen?
Suellen: Atendemos a niños y jóvenes de 5 a 16 años y mujeres de hasta 70 años. Buscamos fortalecer el vínculo con el territorio y ampliar horizontes de formación y ciudadanía por medio de capoeira, fútbol, juegos lúdico afectivos, danza, ejercicio funcional y yoga para mujeres, refuerzo escolar, apoyo psicológico y club de lectura. También realizamos encuentros, charlas, paseos culturales, de ocio y ambientales.
Uno de nuestros objetivos es evitar que los niños normalicen el comercio ilegal de drogas. Queremos que se desarrollen, reconozcan sus talentos y puedan tomar buenas decisiones, y que los resultados se puedan percibir entre los participantes. Algunos niños que pasaron por las actividades deportivas desarrollaron habilidades en el fútbol y hoy juegan en otros clubes. Otros mejoraron el desempeño escolar, mientras que las mujeres relataron beneficios para la salud por medio de las actividades físicas.
Coluna da Neuza: Rene, ¿cuál es hoy la principal demanda del colectivo?
Rene: Nuestra mayor demanda este año está en el área educativa. Tenemos niños de 13 y 14 años con mucha dificultad para leer y escribir y decidimos concentrar nuestros esfuerzos en esa necesidad, principalmente después de la última operación que sucedió aquí, que tuvo un impacto muy fuerte sobre los jóvenes y sus familias.
Queremos que esos adolescentes sigan soñando y pensando en el futuro. Hoy atendemos a 20 niños directamente en el refuerzo escolar y queremos llegar a 100, pero necesitamos recursos para contratar profesores, ofrecer apoyo económico y garantizar alimentación. Un niño aprende mejor cuando tiene alimentación adecuada y condiciones para concentrarse en los estudios.
Nuestra lucha es evitar que jóvenes, sin perspectivas y con dificultades de aprendizaje, terminen tomando decisiones equivocadas.
Coluna da Neuza: Aun con la conquista de una sede, ¿qué dificultades enfrenta todavía el colectivo para mantener las actividades?
Rene: Todavía enfrentamos dificultades financieras. Necesitamos recursos para materiales escolares, deportivos y de limpieza, mantenimiento del espacio, regularización documental y apoyo a los profesionales y voluntarios.
Coluna da Neuza: ¿Cuáles son las necesidades más urgentes de la iniciativa?
Rene: Una de nuestras mayores necesidades es mantener a los voluntarios que actúan en los talleres. Nos gustaría poder ofrecer al menos un apoyo económico. También necesitamos mejorar la estructura del espacio para que los niños tengan más comodidad durante las actividades.
Ya tenemos entrenamientos funcionales para la tercera edad y yoga para las mujeres, además de rondas de conversación que ayudan a fortalecer esos grupos. Contar con más profesionales permitiría ampliar ese trabajo y atender mejor las necesidades de la comunidad.
Otra prioridad es ampliar la atención con psicólogos y profesionales que desarrollen actividades con las personas mayores. Después de la última incursión policial, percibimos cómo este episodio afectó a los niños, madres, padres y abuelos. Esas familias necesitan cuidado.
Coluna da Neuza: ¿Cuántas personas son atendidas actualmente?
Rene: Hoy atendemos a 197 personas, pero, a lo largo de la existencia del colectivo, ya alcanzamos cerca de 890 familias de tres comunidades del Complexo da Penha: los morros da Caixa d’Água, Sereno y da Paz. El impacto de una iniciativa social no siempre aparece de inmediato; muchas veces solo se vuelve visible mucho tiempo después.
Coluna da Neuza: ¿Qué resultado positivo has percibido en los beneficiarios a lo largo del tiempo?
Rene: Vemos niños que llegaron aquí con 5 o 6 años y hoy están en la universidad o siguiendo nuevos caminos. Algunos de esos jóvenes, incluso, volvieron como voluntarios; percibimos cambios en los hábitos y en la forma como niños, jóvenes, mujeres y personas mayores pasan a ver el futuro.
Creo que el mayor impacto es justamente ese, hacer que las personas vuelvan a soñar y a tener nuevas perspectivas de vida. La percepción también aparece entre las familias atendidas.
Coluna da Neuza: ¿Qué representó la conquista de la sede propia para el colectivo O Parque é Nosso?
Suellen: Nuestra mayor victoria es tener el espacio. Estar en una sede propia, sin pagar alquiler, es una conquista muy importante para nosotros, pero también queremos aumentar nuestros ingresos para ayudar a costear los gastos y lograr atender a más personas dentro de la favela. La cuestión financiera termina involucrando todas las áreas del proyecto.
Necesitamos recursos para el funcionamiento del trabajo, compra de materiales de limpieza, escolares y deportivos, para la regularización de los documentos como el CNPJ, que todavía no tenemos. Nuestro gran desafío es mantener la atención frente a la gran cantidad de personas que nos buscan.
Un espacio para construir otras historias
Donde un día hubo miedo, hoy los niños entran cargando pelotas, juguetes, libros y cuadernos. Las mujeres se encuentran para cuidar su cuerpo e intercambiar ideas entre sí; las personas mayores recuperan movimientos y retoman la convivencia; y jóvenes que llegaron pequeños vuelven adultos para ayudar a otros que están comenzando.
En un territorio constantemente recordado por las noticias de violencia, iniciativas como O Parque é Nosso ayudan a mostrar una parte del Complexo da Penha que no siempre llega al noticiero. Es la historia construida diariamente por quienes permanecen en el territorio, cuidan, educan, comparten conocimiento y crean caminos para que niños y jóvenes puedan imaginar otras posibilidades para el futuro.
Arthur, de 11 años, alumno de 6º grado, practica fútbol y capoeira en el proyecto y cuenta que las actividades tuvieron impacto en su rutina. “Estar aquí me ayuda a tener otras actividades y a no quedarme solo en el celular. También conocí más amigos y pasé a ocupar mejor mi tiempo. Desde que entré al proyecto, me volví más ágil, más despierto y aprendí a tener más disciplina.”
Ítalo Miguel, también de 11 años y alumno de 6º grado, participa en el proyecto hace cuatro años y dice que las clases de refuerzo escolar lo ayudaron en la escuela. “Hago capoeira, fútbol, refuerzo escolar y poesía. Percibo que me volví más ágil y disciplinado. También mejoré mis reflejos, y el refuerzo me ha ayudado bastante en la escuela, principalmente en la escritura.”
Para Bruna, de 24 años, madre de una de las niñas que participan en las actividades de fútbol, el proyecto también tiene un papel importante en la rutina de las familias. “El proyecto es muy importante porque ocupa el tiempo de los niños después de la escuela y evita que se queden sin actividad. También ayuda a alejarlos de situaciones e influencias negativas que forman parte de la realidad del lugar donde vivimos.”

Para más información, sigue y ponte en contacto con el colectivo en Instagram.
Sigue a Lupa do Bem en Instagram, Facebook y LinkedIn.
La Coluna da Neuza forma parte de Lupa do Bem, proyecto de Responsabilidad Social Corporativa de la agencia de comunicación Sherlock Communications.

Read the article »